llegamos pero muy amable nos recibieron enseguida la atención es muy cálida, nos tomamos nuestro tiempo para pedir ellos esperaron pacientemente, pedimos una hamburguesa del Burger week. El pan no estaba malo, solo que en la parte de abajo del pan estaba un poquito suave por la salsas. A mí no me gusta que el pan se desbaraten una hamburguesa no se desbarató pero estaba un poco húmedo. Me gustó mucho el sabor de berro que tenía y los hongos faltaba más sabor no ha sido la mejor que he probado del Burger.. la carne no me mató. En mi caso tenía como unos pedacitos de grasa o pellejito como cristalizado que se salían de la misma carne y cuando masticaba sentía eso las papas normales volverían sin duda! algo debo mencionar el whisky sour delicioso!
Sobre el restaurante
Calle 71 Este, Al lado del Tomillo - San Francisco - Panamá
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SERVICIOS
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Reseñas
(346 reseñas)Precio por persona de: Entrada + Plato principal + bebida SIN ALCOHOL
Precio = Entrada + Plato principal + Bebida SIN ALCOHOL
Completamente insatisfecha con el servicio recibido hoy. Y no hablo de la mesera que nos atendió (muchas gracias por tu gran esfuerzo). El supervisor: muy grosero y sin entender la razón de mi molestia desde que llegamos al restaurante. Si estan a tope por burger week o por la razon que sea: contraten mas personal o coloquen personal temporal por la semana. Me parece completamente injusto que tengan a una sola persona (o una sola persona + una nueva) en la parte de afuera donde hay 2/3 mesas grandes y 3/4 chicas. Es absurdo (habian persona de pie) gracias a la falta de toma de decisión de los dueños/supervisor, los meseros tienen que ver como resuelven porque estos, no quieren invertir en personal y exprimen a los que están! Tuvimos que pedir las bebidas reiteradas ocasiones. 2 personas se quedaron sin comer porque no tomaron bien el pedido. De 7:30pm, esos dos de la mesa, comieron a la 9pm. Fatal!
La comida es muy buena, es un ambiente agradable para conversar e ir con amigos y con precios accesibles y un lugar acogedor !
Reseña: La Pulpería, San Francisco (Panamá) Por un crítico que lamenta profundamente haber vuelto Hay caídas, y luego está lo que ha ocurrido con La Pulpería en su sucursal de San Francisco: un derrumbe culinario tan estruendoso que deja temblando incluso a quienes guardábamos los recuerdos más cálidos de su hermano mayor en el Casco Viejo. Porque sí, yo fui —y celebré— esa Pulpería original. Aquel diminuto refugio en las calles empedradas, donde los tragos salían con una precisión casi quirúrgica, donde el servicio tenía la soltura y el cariño de una casa conocida, y donde los platos parecían llegar suspendidos entre mar y fuego. Su pulpo a la plancha —tiernisímo, caramelizado, profundamente sabroso— era, sin exagerar, uno de los mejores que se podían comer en la ciudad. Un plato que justificaba por sí solo las reseñas entusiastas, las recomendaciones casi devocionales y el peregrinaje de clientes que sabían que estaban ante algo especial. Pero esa magia, al parecer, no sobrevivió la fiebre de expansión. Lo que probé hoy en San Francisco no fue una versión distinta: fue una traición. El pulpo a la parrilla, otrora estandarte de la casa, llegó a la mesa con la textura de un neumático dejado al sol. Duro, sin alma, sin sabor. Un pulpo que no ha visto una parrilla real en su vida reciente: gomoso, seco, y con esa sospechosa tibieza desigual que solo la microondas concede. Los tacos de pulpo, por su parte, fueron un ejercicio de resignación: tortillas húmedas, relleno insípido, y una ejecución tan desganada que me hizo dudar si alguna vez existió el cariño por la cocina que hizo famosa a la Pulpería original. Lo peor no es que el restaurante haya cambiado. Eso es natural. Lo devastador es que ha renunciado a lo que lo hizo grande: ese espíritu “boutique”, íntimo y enfocado, que en el Casco Viejo se traducía en precisión, afecto y un estándar culinario que hablaba por sí solo. En San Francisco, la versión multiplicada y despersonalizada de la marca parece haber sacrificado su esencia en el altar de la expansión acelerada. A quien lea esta reseña —especialmente a quienes guardan memoria de la Pulpería fundacional— le digo, sin rodeos: evítela. No vale la pena la nostalgia, ni la esperanza, ni la curiosidad. Los “platos insignia” no solo ya no brillan; hoy duelen. Y lo que antes era un tesoro escondido, hoy no merece ni una segunda oportunidad. Cero estrellas. Y no vuelvo.
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