Les voy a contar un secreto: tenía mil años sin ir a Le Bistrot, que ya es toda una institución, pero como mis tías novegenarias querían ir, las complacimos. Nos recibieron en la puerta y nos escoltaron a la mesa a acordes de un guitarrista tocando románticos boleros de antaño. Las butacas son ultra cómodas y la mesa, impecablemente acomodada. El menú: clásico, variado y delicioso. (La lista de opciones para la corvina es un poco confusa). Una vez servida la cena, les resumo: Si buscan un lugar ultra romántico y delicioso, bienvenidos!
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