Entramos con cautela: una decoración exterior atrayente tipo años 50. El menú parecía normal, pero cuando lo trajeron, oh sorpresa!!! Porciones sumamente generosas. El club sandwich muy sabroso, en pan artesanal y llevaba de todo. El derretido de mozarrella llegó sin mantequilla, pero por una razón no tan obvia: sus sabores no rivalizaban en el paladar. Los wafles esponjaditos y los batidos de puro helado, deliciosos. Una sola nota en contra: el café estaba un poco simple para mí gusto, pero le preguntamos a la mesera y nos comentó que el público así lo había pedido.



