Siempre que llego valoro más su estacionamiento en la parte de atrás donde con luz suficiente y área extensa y reservado dejo con tranquilidad y me siento seguro. Los Dendrobiums amarillos (léase orquídeas) que adornan y cambian con frecuencia colgando del viejo árbol que adorna la sala principal cada vez me gustan más. Sus sillas amplias, aunque de madera y duras son cómodas. (No me contradigo). El menú cambia poco pero me pregunto para qué, no como todos los días allí y es suficiente para mi gusto. Las almejas, el mero a la vasca, los langostinos y los calamares todos estuvieron muy ricos aunque con un poquito más de aceite del que me hubiera gustado. Los niños comieron sus muy queridos espaguetis (no sé como quitarles el vicio). El servicio presente y bueno pero no tan amable com el que me tocó la vez pasada. (No todos somos iguales). Un Gran Tarapacá Chardonnay nos hizo los pases de rutina. El postre y el té al final, los calificamos como postres y té rutinarios.
