Hay que ser bastante curioso para dar con el lugar sin ser invitado. Desde fuera recuerda a los sótanos londinenses, sin serlo. Entonces entro. Enseguida, Elena me da los buenos días y me anima a seguir. Suena a volumen justo JazzRadio. -Hoy tenemos para ofrecerle bufé, tome asiento donde guste, bienvenido. Miro alrededor y elijo el rincón izquierdo. Me apodero de una silla de madera oscura, acompañada de una almohadilla color carmín lo suficientemente cómoda como para escuchar todo el Duets & Duets II. Que, por cierto, va bien con el piso de ajedréz y las lámparas blancas de apariencia industrial. Un par de flores frescas reposan sobre una carpeta blanca impecable. Jugo de naranja del día, para empezar. Me levanto y doy la ronda: vajilla semirectangular blanca, fruta picada seleccionada, huevos revueltos en su punto, quesos, embutidos, panes, panqueques y una mermelada que parece Bonne Maman de fresa. Pasada media hora pido un café con leche deslactosada. Sin titubear, Elena lo trae a la mesa mientras sonríe. Soplo y lo pruebo. Dudo qué me gusta más, si lo primero o lo segundo. En la mesa contigua hay dos señoras, cuhichean. Decidido, pido media porción de su tema de conversación. Dos medias tortas, una de manzana y avena, y la otra de frutas. La primera cucharada de la de avena salda la cuenta. Un último sorvo de café. Doy las gracias, pregunto su nombre, una vez más, sólo para que sonría mientras lo dice y me retiro. PD. Un conejo trae la cuenta.
