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Cocina italiana de cautivante calidad, conducida ejemplarmente por dos grandes chef de buen tino comercial, Mauro y Rino. Las pizzas, muy bien hechas, se presentan delgadas y crujientes, como les gusta a la gente, tanto en New York, como en Panamá, y aún en Italia. Yo, por lo contrario, las prefiero a la vieja manera: esponjosas, jugosas y sopladas en los bordes. En los botelleros, por suerte, disponen de vinos italianos del norte, del Piemonte, de la bodega de la familia Marrone, importados por nuestro muy estimado amigo Andrea, un italiano de pura cepa y de buenas modales, como de los viejos tiempos. Una lástima que para acompañar a la pasta Carbonara confeccionada al estilo romano, o sea, solo con guanciale, pecorino, uova y pepe, no tuvieran ese vino oriundo del Trentino-Alto Ádige, el Savagnin, se pronuncia: savañín, también conocido como Traminer Aromático, el cual de manera abusiva se acredita mediáticamente como vino alemán, por la simple traslación de ese nombre compuesto a dicha lengua: "Gewürztraminer". El aceite de oliva de color esmeralda, italianísimo. El pan como debe ser. Y la decoración de buen gusto y de sobria dignidad. Pero el servició de mesa insuperable: esmerado, premuroso y agradable. Un lugar de meditación... al beber y comer...

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