Salimos a cenar a este restaurante un sábado en la noche. Éramos 5 comensales y nos ubicaron en una mesa al fondo, muy acogedora, que pensamos que nos alejaría del bullicio del resto del local. Pedimos vinos, margaritas, ron y Campari. Unos panes de masa madre nos entretuvieron mientras decidíamos qué pedir. En las entradas seleccionamos el carpaccio de berenjena, el de pulpo, steak tartar y otra entrada. De plato fuerte unos speguettis con frutos de mar, que estuvieron delicioso, una sopa de mariscos, una corvina y una pareja compartió un filete. Los platos estuvieron muy bien. De postre, para compartir, un cheesecake que estaba muy bien elaborado, y el infaltable tiramisú, que estaba delicioso. Dos cosas nos molestaron: que los tenedores tienen el mango redondeado y se hace difícil manipular la pasta con ellos y la música muy alta, incluso un músico en vivo hacía imposible que pudiéramos escucharnos los que fuimos a cenar, no a rumbear. Deberían considerar que uno sale a comer fuera con amigos es para conversar. Si queremos rumbear, pues vamos a un bar. Esa nota discordante nos hace repensar el volver
