Este restaurante merece sin duda una estrella Michelin. Desde la presentación —cuidada hasta el mínimo detalle— hasta la explosiva sinfonía de sabores en cada plato, la experiencia es un deleite sensorial. Iniciamos con un carpaccio de carne (sin tuétano), acompañado de crujientes tostaditas que equilibran a la perfección textura y sabor. El plato fuerte, unos ravioles de langosta con sutiles trozos de bacon, ofreció un contraste elegante entre lo delicado del marisco y la intensidad del ahumado. Para cerrar, una panacota que, si bien no sorprendió, cumplió dignamente su papel. Mención especial a la atención del personal: impecable, 10/10.




