Me encantaba ir hasta Clayton pues el local de allá tenía una mística apacible, pero en esta ocasión la música era estruendosa, se repetía una y mil veces la misma canción; no se quien inventó esto de tener animales dentro de un local, había un perro ladrando histérico y su dueño sin inmutarse por el bienestar del resto de los comensales. Me tocó pedirle a la administradora que o hacía algo o cancelaba mi orden y me iba a otro sitio a comer. La atención muy esmerada y muy buena como de costumbre, desayuné delicioso un bistec y hojaldres que acompañé con un delicioso café.

