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Pedí una hamburguesa con queso y guacamole, pensando que algo tan sencillo no daría lugar a error. Error. La "carne" era una especie de mezcla extraña en la que no quise indagar mucho y demasiado frita (sí, frita). En vez de que el queso se derritiera lánguidamente sobre la carne, éste se encontraba preso en el centro de la susodicha, como si de un relleno se tratara, y tan plástico que no hubiera fritura que lo derritiera. Un horror. En cuanto a las papas que lo acompañaban, debieron caer en un aceite demasiado frío y quedaron aceitosas, blandas y frías. Para brindar por semejante éxito culinario, me trajeron una coca-cola de lata caliente, que la mesera -muy simpática eso sí- me sirvió en un vaso lleno de hielo. ¿Qué pasó? La coca caliente fundió el hielo inmediatamente, aguando la bebida y adulterando una fórmula secreta en la que muchos científicos pasaron años trabajando. Cuando pregunté si tenían coca-colas frías, la siempre jovial mesera me contestó "Sólo servimos la coca-cola así." Es decir la coca-cola caliente y las papas frías.

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