Fui con mi pareja en sábado al mediodía. Me gustan las pizzas del restaurante y normalmente pido la locanda pero pido que me cambien el jamón (que es de puerco) por pollo, normalmente lo han hecho, pero en esta ocasión aparentemente el cocinero (con respeto pero no puedo llamarlo chef por su actitud, o al menos eso fue lo que me dijo la mesera que nos atendió) no estaba de humor para hacer el sencillo cambio que habitualmente solicito, así que la mesera tuvo que ponerse creativa y ofrecerme una combinación que pudiese dar como resultado lo que yo podría estar esperando (le quedó bien el invento). Comento esto porque los restaurante no solo deben caracterizarse por tener buena comida, con buena calidad y un equilibrio de precio-plato; sino también en el cuidado de sus clientes y si no es una exigencia que pueda salir de toda lógica o contexto, satisfacerlos hace que se cree lealtad y corran la voz de que es un restaurante que realmente se preocupa por sus clientes/comensales. Ojo... A los dueños... Que cuiden esos pequeños grandes detalles!
